TEHERAN

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Lo mas probable si visitas Irán es que tu entrada al país sea por Teherán. Si lo haces beneficiandote de la flamante conexión de la low cost turca Pegasus con el Prat, entonces lo mas probable pasará a ser seguro. Gracias a esta aerolínea, Irán ha pasado casi a ser un “destino europeo” al que se puede ir y volver por menos de 300 euros desde Barcelona.
Tras tomarme la que iba a ser mi última cerveza en muchos días y una pide (pizza turca) en el aeropuerto de Sabina G. (el segundo de Estambul) embarqué en el segundo vuelo esperando con una extraña curiosidad ese momento en el que antes de desembarcar del avión todas las mujeres se cubren el pelo en un ritual que confirma la hipocresía que va implícita en toda imposición moral.

El trámite de entrada al país es bien simple y carece de esos absurdos formalismos de la declaración de customs y de esa estúpida hojita de entrada que muchos otros estados te obligan a rellenar y conservar junto a tu pasaporte durante todo el viaje, y que si pierdes accidentalmente te puede suponer algún quebradero de cabeza. Un simple sello de entrada junto al visado y ya estás dentro. La inconveniente hora de llegada y la lentitud del funcionario de la cola que escogí (tengo un radar para irme a la del lento) hicieron que comenzara a amanecer al poner mis pies fuera de la terminal.

La imponente silueta del volcán Damavand con sus mas de 5.600 metros iluminada por los primeros rayos de sol es una buena bienvenida. La visión de la colosal pirámide se pierde una vez has sido engullido por la enorme ciudad en alguno de sus escalextrics.
Seguramente dedicar un solo día a Teherán es un injusto menosprecio, pero el país es enorme, y otras ciudades como Shiraz o Isfahan reclaman su cuota de días como implacables funcionarios de hacienda en Madrid.

Tras pegar unas cabezadas, a eso de las 11 de la mañana puse rumbo alcentro de la ciudad para pegar un vistazo al palacio en el que vivieron los shahs de la última dinastía. El Goleshtán exhibe su repertorio de esquemas tipológicos centroasiáticos, con una organización en torno a un gran patio, y con sus porches y salas de audiencia soportados con esbeltas columnas de madera de un solo tronco. La novedad respecto de otros palacios radica en una deslumbrante, reflectante y aparatosamente kitsch decoración de espejos en todos los paramentos.
Junto al Goleshtán se encuentra el bazar de la ciudad y la mezquita del Iman Khomeini donde uno tiene la primera toma de contacto con un mundo y olores que le van a acompañar durante todo el viaje.
Sin demasiado tiempo, quise hacer una visita rápida al museo nacional, que aunque es muy pequeño alberga una colección impresionante de restos arqueológicos con algunos basamentos y capiteles aqueménidas que anticipaban lo que iba a ver unos días después en Persépolis.

Antes de irme me acerqué también a la antigua embajada estadounidense donde tuvo lugar la famosa toma de rehenes en los días de la revolución. En sus muros pueden verse una serie de pintadas antimperialistas y la refotografiada imagen de la estatua de la libertad con caravéricas facciones. Quedaron pendientes para otra vez las montañas que circundan la ciudad y que constituyen el pulmón que contrarresta la incipiente polución de una metrópolis que supera los 13 millones de habitantes.

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